Nunca deja de sorprendernos. La vida es así, un cúmulo de situaciones y pequeños detalles que hacen al hombre más grande, o más insignificante, o más indefinido, o más nada. O tan todo.
Me quedo con quien utiliza su guión para apuntar algún número de teléfono, la lista de la compra, una dirección importante o una prueba de la funcionalidad de la tinta de su escritura. No como forma de anarquía, sino como la determinación de la propia felicidad. Felicidad. ¿Felicidad? Que levante la mano quien se atreva.
Si algo tenemos todos en común es todo lo desconocido. Al fin y al cabo, nadie puede presumir de saberlo todo y, si se diera tal caso, dudo que se pudiera alardear de la falta de sorpresa e incertidumbre. Triste vida. Triste estupidez. Son esas pequeñas cosas que carecen de antelación alguna las que traen consigo dosis de esa indeterminada felicidad. Y aparecen. Y te sorprenden. Y te dejan con ganas de más. No te anticipes, no quieras correr, no saltes a la nada. Nadie te regaló alas. Nadie. Hasta ahora. Quizás.
Quieres quemarte, pero siempre te asustó el fuego. Esa capacidad de aportar calor y, después, reducirlo todo a cenizas. Destrucción. Dolor. Dirección equivocada. Quieres mirarlo cara a cara, pero una fuerza imparable cruza el verde que te protege y sobrepasa los límites. Incertidumbre. Inimaginable. Irreal. Te gustaría tocarlo, pero es tan delicado que no encuentras el modo de hacerlo, y el paso de los años dejó marcas en su piel que quizá nunca aprendas a curar. Pero lo intentas. Caricias. Calor. Te gustaría correr de su mano, saltar a un vacío nulo de dolor y repleto de blancas margaritas, cuyo marco sean unos hierros en forma de torre, acariciada por el agua de un río y un planeta ajeno al nuestro, lleno de cálidos colores. Despacio. No quieras volar. Te pueden las ganas. Frenas en seco. Excedes todo límite de velocidad. Me gusta.
Puede que sea lo imprevisible lo que tenemos previsto. ¿Qué más da? De ser así no lo sabemos, por el momento. Quizá algunos empiecen a conocerlo, pero no quieran verlo. Puede ser algo tan grande que te acabe convirtiendo en algo minúsculo. O en un gigante.
Y, justo entonces, te atrevas a saltar. Porque ya no necesitas alas. Porque sólo necesitas media sonrisa y un "hola" que calma cualquier silencio de tu cuerpo. Todo lo que estaba dormido. Y empiezas a soñar.
Asusta y entusiasma.
ResponderEliminarY todos nos morimos de ganas.
Genial :)
Si, a veces incluso basta con la sonrisa. Buen post.
ResponderEliminarSae Lin
Lo desconocido a veces me asusta pero es un aprendizaje que la vida te aporta y es una misma la que tiene que tomar la decisión... yo soy una de esas que se atreve a levantar la mano ;)
ResponderEliminarUn beso ^.^