6.02.2011

ANATOMÍA.

Tiene la capacidad extinguida de hacer constante la felicidad. El miedo. La perfección asusta. Nadamos en el mar del café que me trae una mañana a la cama. Repasa, uno a uno, los medicamentos con los que salvará muchas vidas. Desconoce que ha sido la mejor pastilla para mi cuerpo. Una droga. Crea adicción. Te convierte en dependiente. Subraya cada línea del color del sol, en una esquina de algodón, donde crecen tus sueños noche tras noche. Se esfuerza en explicarte una serie de tecnicismos ajenos a tu capacidad. Apenas entiendes algo, pero te gusta escuchar cómo pronuncia aquellos nombres sacados de las series que veías cuando eras niña. Se esfuerza. Sonríe. Ha llegado a donde siempre quiso, y lo ha hecho de tu mano. Se presenta irresistible entre cientos de libros que, sin duda, no le serán necesarios para salvar tu vida.

Y baila. Baila al sonido de las canciones de moda que suenan en una estación de radio. Entre agua. Entre risas. Jabón que ya no resbala si estás a su lado. Baila contigo. Baila conmigo. Manda besos a través del cristal y empaña todos los rincones. Valiente tontería, nada alimenta más que sus besos.

Y, con ayuda de su fonendoscopio, disimula para dejar tu piel más a la vista. Siente cada latido. Ignora que tiene demasiada culpa. Comprueba tus reflejos con sus herramientas. Inexistentes. Te bloquea. El único estímulo al que respondes ha sido objeto de un contrato que no cuenta con antecedentes, pero sí con claúsula penal. No cabe lugar para el alta médica en este historial.

Enfermedad crónica de la que no me quiero curar jamás.


1 comentario:

  1. Lo mejor de todo es la constante necesidad de hacer chequeos periódicos

    ResponderEliminar